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domingo, 29 de junio de 2014

Ángel Caído, un ser impuro



Autora: AquaDreams
Género: AU, Fantasía, Romántico
Advertencias: Lemon, MPreg
Adaptación: JadeJung
Resumen:

Yunho es un ángel caído, terminología para describir a un ángel impuro, que cae del cielo por sus impurezas. Le condenan a buscar su pureza.

Kim Jaejoong es un chico común y corriente de Seúl, pide un deseo en la fuente de un parque, se compromete sin querer con el ángel caído.

Yunho necesita a Jaejoong, su pureza para poder vivir.

Jaejoong se rehúsa a hacer algo con Yunho

Yunho se declara como su fan número 1. Lo ama más allá de las cosas prohibidas.

Cuando Jaejoong se da cuenta de sus sentimientos quizá sea demasiado tarde...

¿Quién es esa chica que causa brillos en los ojitos de Yunho?

viernes, 11 de abril de 2014

Capítulo 25


—¡Yunho! 

Él alzó la cabeza del motor de la grúa con rapidez en cuanto oyó la voz de Jaejoong gritando su nombre y sonando exactamente igual que solía hacerlo. Se sintió esperanzado. Quizás aún no se había acabado todo. Tal vez Jaejoong no quiso decir lo que dijo dos noches atrás y no tendría que llevarlo al aeropuerto esa misma tarde. 

Arrojó al suelo la llave inglesa que estaba usando y se volvió para mirarlo. Sus esperanzas se desvanecieron en cuanto vio la expresión de su esposo. 

—¡Sinjun no está! Han descargado a todos los animales y él no estaba entre ellos. También falta Trey. 

Brady salió desde detrás de la grúa donde estaba intentando ayudar a Yunho. 

—Seguro que es cosa de Sully. Me apuesto lo que sea. 

La cara de Jaejoong palideció de ansiedad. 

—¿Te ha comentado algo?

—No, pero se ha comportado como una verdadera arpía estos dos últimos días.

Jaejoong miró a Yunho y, por primera vez desde que lo había ido a buscar al zoológico, él sintió que lo miraba de verdad. 

—¿Sabías algo de esto?

—No, no me ha dicho nada.

—Sabe lo que sientes por ese tigre —dijo Brady. —Supongo que lo ha vendido a tus espaldas. 

—Pero no puede hacer eso. ¡Es mío! —Jaejoong se mordió el labio como si se diera cuenta de que lo que había dicho no era cierto. 

—Antes fui a ver a Sully —dijo Brady, —pero había desaparecido. Fue Shorty quien trajo su RV, pero el Cadillac no estaba por ningún lado. 

Jaejoong cerró los puños. 

—Le ha hecho algo terrible a Sinjun. Lo sé. 

Yunho quiso consolarlo, pero sospechaba que Jaejoong tenía razón.

—Haré algunas llamadas a ver si averiguo algo. ¿Por qué no hablan con los empleados por si alguien sabe algo? 

Pero nadie sabía nada. Durante las dos horas siguientes hablaron con todos y sólo descubrieron que nadie había visto a Sully desde la tarde anterior. 

Jaejoong estaba cada vez más histérico. ¿Dónde estaba Sinjun? ¿Qué había hecho Sully con él? Había descubierto bastantes cosas sobre el tráfico ilegal de animales viejos del circo, sabía que era improbable que el tigre acabara en un zoo. ¿Qué le ocurriría a su tigre? 

Se hizo tarde para llevar a Jaejoong al aeropuerto. Yunho había insistido en que él se quedara con su padre hasta decidir lo que quería hacer, pero ahora eso no tenía importancia. Pasó junto al Lexus gris con matrícula de Busan—otra muestra más de lo culpable que se sentía Yunho— y se sentó en la parte trasera de la camioneta que lo había trasladado durante todo el verano hasta llegar a esa desolada noche de octubre. Desde allí, observó el recinto. 

Pasó la primera función y luego la segunda. La gente llegó y se fue. Aquel lugar era la última parada antes de poner rumbo a Busan. De nuevo los empleados del circo habían ido al pueblo junto con algunas de las showgirls y el recinto estaba desierto. Tenía frío, pero esperó a que Yunho se hubiera cambiado de ropa y se marchara a atender a Misha para regresar a la caravana. 

Desde la puerta vio su maleta, que yacía olvidada encima de la cama. Se acercó a ella mientras se quitaba la vieja sudadera gris. Tras terminar de desnudarse en silencio, comenzó a recolocar la ropa vacilando ante el desordenado cajón donde Yunho guardaba la suya. Se arrodilló, deprimido, y abrió el último cajón. Apartó a un lado los vaqueros de Yunho para ver lo que sabía que estaba oculto debajo: un sonajero barato de plástico, un patito amarillo, una caja de galletas con forma de animales, un babero con la imagen de un conejo y un ejemplar de un libro del doctor Spock. 

Había descubierto todo esos objetos unos días antes cuando estaba buscando otra cosa; Yunho nunca los había mencionado. En ese momento tocó el sonajero con la punta de un dedo e intentó imaginar por qué razón había comprado todo eso. Si pudiera permitirse creer que... 

No. No podía pensar eso, tenía demasiado que perder. 

Cerró el cajón y, cuando regresaba a la camioneta, vio el Cadillac de Sully aparcado al lado de la RV y oyó gritos en el interior del circo. Yunho también los había oído y se acercó a la vez que él. Se encontraron en la puerta trasera. 

—Quizá sería mejor que esperaras aquí —dijo él.

Jaejoong lo ignoró y entró.

El circo estaba iluminado por un solo foco, que arrojaba una luz difusa sobre la pista, dejando el resto en penumbra. Jaejoong se vio envuelto por los familiares olores a serrín, animales y palomitas de maíz. Iba a echarlo mucho de menos. 

Brady y Sully estaban discutiendo al lado de la pista. Brady la asía del brazo claramente furioso. 

—Jaejoong no te ha hecho absolutamente nada. ¿Por qué la has tomado con él? 

Sully se zafó de él. 

—Hago lo que me da la real gana, y ningún carnicero como tú va a mangonearme. 

—¿No te cansas de ser una arpía? 

Lo que fuera que Sully iba a decir murió en sus labios.

—Vaya, vaya, mira a quién tenemos aquí. 

Jaejoong dio un paso adelante para enfrentarse a ella. 

—¿Qué has hecho con Sinjun? 

Sully se tomó su tiempo para contestar, jugando con él al gato y al ratón para demostrar su poder. 

—Sinjun ha salido rumbo a su nuevo hogar. Los tigres siberianos son animales muy valiosos, ¿lo sabías? Incluso los más viejos. —Se sentó en la primera fila de asientos y cruzó las piernas en una postura que parecía demasiado estudiada. —Ni siquiera yo sabía lo que ciertas personas pueden llegar a pagar por ellos. 

—¿De qué personas hablas? —inquirió Yunho, deteniéndose junto a Jaejoong. —¿Quién lo ha comprado? 

—Por ahora nadie. El caballero en cuestión no lo recogerá hasta mañana por la mañana.

—Entonces, ¿dónde está? 

—Está a salvo. Trey está con él. 

A Yunho se le acabó la paciencia. 

—¡Déjate de rodeos! ¿A quién vas a vendérselo? 

—Había varias personas interesadas, pero Rex Webley ofreció el mejor precio.

—Jesús. —La expresión de la cara de Yunho hizo que Jaejoong se estremeciera de inquietud.

—¿Quién es Rex Webley? —preguntó. 

—No digas ni una sola palabra Sully, esto es algo entre tú y yo —intervino Yunho, antes de que ella pudiera contestar.

Sully le dirigió una mirada condescendiente antes de volverse hacia Jaejoong. 

—Webley tiene un coto de caza ilegal en Texas. 

Jaejoong no lo entendió. 

—¿Un coto de caza ilegal? 

—Hay gente que le paga a Webley para ir a cazar ciertos animales allí —dijo Brady con disgusto. 

Jaejoong pasó la mirada de Sully a Brady.

—¿Para cazarlos? Pero nadie puede cazar tigres. Son una especie en peligro de extinción. 

Sully se levantó y entró en la pista con decisión.

—Eso hace que sean más valorados por los hombres ricos que ya están aburridos de cazar piezas comunes y a los que les importa un comino la ley. 

—¿Has vendido a Sinjun para que lo cacen y lo maten? —dijo Jaejoong con voz horrorizada cuando por fin comprendió lo que Sully le estaba diciendo. Un montón de imágenes horribles cruzó por su cabeza. 

Sinjun no tenía el temor que un tigre normal siente hacia la gente. No se daría cuenta de que esos hombres querían lastimarle. En su mente vio su cuerpo abatido por las balas. Lo vio sobre la tierra con su pelaje negro y naranja manchado de sangre. Se acercó rápidamente a Sully. 

—¡No te lo permitiré! Te denunciaré a las autoridades. Te detendrán. 

—No, no lo harán —repuso Sully. —No es ilegal vender un tigre. Webley me ha dicho que su intención es exhibir a Sinjun en su rancho de caza. Eso no va contra la ley.

—Sólo que no va a exhibirlo, ¿verdad? Lo va a matar. —Jaejoong se sintió mareado. —Iré a las autoridades. Lo haré. Detendrán todo esto.

—Lo dudo —dijo Sully. —Webley lleva años sorteando la ley. Tendrías que tener un testigo que jurara que vio cómo lo mataban, lo que no ocurrirá ni en sueños. Y en cualquier caso, sería demasiado tarde para hacer nada, ¿no?

Jaejoong nunca había odiado tanto a otro ser humano.

—¿Cómo puedes hacer esto? Si tanto me odias, ¿por qué no me haces daño a mí? ¿Por qué tienes que tomarla con Sinjun? 

Yunho entró en la pista y se enfrentó a Sully. 

—Te pagaré el doble que Webley —ofreció.

—Esta vez no conseguirás nada con tu dinero, Yunho. No comprarás a Sinjun como hiciste con Glenna. Puse una condición cuando apalabré la venta.

Jaejoong lo miró con rapidez. Yunho no le había dicho que había sido él quien había comprado a Glenna. Sabía que había hecho los arreglos necesarios para que fuera instalada en el zoo , pero no que había sido su dinero el que lo había hecho posible. La gorila tenía un nuevo y precioso hogar gracias a él. 

—¿Por qué haces esto? —preguntó él. —La gente de Webley no recogerá a Sinjun hasta el amanecer. —La expresión de Sully se volvió astuta. —Será entonces cuando firme los papeles, pero siempre puedo cambiar de idea. 

—Ah, así que llegamos al meollo del asunto, ¿verdad, Sully? —susurró Yunho con voz apenas audible. 

Sully miró a Jaejoong, que todavía estaba fuera de la pista al lado de Brady. 

—Eso te gustaría, ¿verdad, Jaejoong? Que detuviera todo esto. Puedo hacerlo, ya lo sabes. Con una simple llamada telefónica.

—Claro que puedes —siseó Yunho. —¿Qué tengo que hacer para que hagas esa llamada? 

Sully se volvió hacia él y fue como si Brady y Jaejoong hubieran dejado de existir, quedando sólo ellos dos frente a frente en medio de la pista; algo para lo que ambos habían nacido. Sully acortó la distancia que había entre ellos moviéndose sinuosamente, casi como una amante, pero no existía ni pizca de amor entre ellos. 

—Ya sabes lo que tienes que hacer. 

—Dímelo de todas maneras. 

Sully se giró hacia Jaejoong y Brady. 

—Déjenos  solos. Esto es entre Yunho y yo.

—¡Esto es una locura! Eso es lo que es. ¡Si hubiera sabido lo que estabas maquinando, juro por Dios que te hubiera sacudido hasta que olvidaras tal gilipollez! —explotó Brady.

Sully ni siquiera se inmutó ante aquel arrebato de ira. 

—Si Jaejoong y tú no se van de aquí, será el final del tigre. 

—Márchense —dijo Yunho. —Haced lo que dice.

Brady se volvió hacia él. 

—No dejes que te corte las pelotas. Lo intentará, pero no dejes que llegue a ese extremo —dijo con amargura. Parecía como si hubiese perdido la fe en todo lo que creía. 

—Lo intentaré —repuso Yunho suavemente. 

Jaejoong le dirigió una mirada suplicante, pero él estaba concentrado en Sully y no se dio cuenta.

—Venga, Jaejoong. Vámonos de aquí. —Brady le pasó el brazo por los hombros y lo llevó hacia la puerta trasera. Tras tantos meses aprendiendo a luchar, Jaejoong intentó resistirse, pero sabía que Yunho era la única esperanza de Sinjun. 

Una vez fuera, respiró hondo. Era una noche fría y comenzaron a castañetearle los dientes.

—Lo siento, Jaejoong. No pensé que llegaría tan lejos —susurró Brady, abrazándolo. 

Dentro se oyó la desdeñosa voz de Yunho sólo un poco amortiguada por la lona de la carpa. 

—Eres una mujer de negocios, Sully. Si me vendes a Sinjun te compensaré generosamente. Todo lo que tienes que hacer es poner el precio. 

Fue como si Brady y Jaejoong hubieran echado raíces en ese lugar; sabían que debían irse, pero eran incapaces de hacerlo. Luego Brady cogió a Jaejoong de la mano y lo hizo atravesar las sombras hasta la puerta trasera, donde no podían ser vistos pero tenían una vista parcial de la pista central. 

Jaejoong vio cómo Sully acariciaba el brazo de Yunho. 

—No es tu dinero lo que quiero. Ya deberías saberlo. Lo que quiero es doblegar tu orgullo. 

Yunho se apartó, como si no pudiera soportar su contacto. 

—¿Qué coño quieres decir? 

—Si quieres al tigre, tendrás que suplicar por él.

—Vete al infierno.

—El gran Jung Yunho tendrá que ponerse de rodillas y rogar. 

—Antes prefiero morir. 

—¿No lo harás?

—Ni en un millón de años. —Yunho apoyó las manos en las caderas. —Puedes hacer lo que te dé la gana con ese puto tigre, pero no me pondré de rodillas delante de ti ni de nadie. 

—Me sorprendes. Estaba segura de que lo harías por ese pequeño bobo. Debería haber imaginado que no lo amas de verdad. —Por un momento Sully levantó la mirada a las sombras de la cubierta, luego volvió a mirarlo. —Lo sospechaba. Debería haberme fiado de mi instinto. ¿Cómo podrías amarlo? Eres demasiado despiadado para amar a nadie. 

—Tú no sabes lo que siento por Jaejoong. 

—Sé que no lo amas lo suficiente como para ponerte de rodillas y suplicar por él. —Lo miró con aire satisfecho. —Así que yo gano. Gano de todas maneras. 

—Estás loca. 

—Haces bien en negarte. Una vez me arrodillé por amor y no se lo recomiendo a nadie.

—Jesús, Sully. No hagas esto. 

—Tengo que hacerlo —la voz de la dueña del circo había perdido todo rastro de burla.— Nadie humilla a Sully Quest sin pagarlo. Lo mires como lo mires, serás tú quien pierda hoy. ¿Estás seguro de que no quieres reconsiderarlo? 

—Estoy seguro. 

Jaejoong supo en ese momento que había perdido a Sinjun. Yunho no era como otros hombres. Se sostenía a base de acero, valor y orgullo. Si se rebajase, el hombre que era se destruiría. Inclinó la cabeza e intentó darse la vuelta para marcharse, pero Brady le bloqueaba el paso. 

—Sabes la ironía de todo esto, Jaejoong lo haría —dijo Yunho con voz tensa y dura. —Ni siquiera se lo pensaría dos veces. —Soltó una carcajada que no contenía ni pizca de humor. —Se pondría de rodillas en menos de un segundo porque tiene un corazón tan grande que es capaz de responder por todos. No le importan ni el honor ni el orgullo ni nada por el estilo si el bienestar de las criaturas que ama están en peligro.

—¿Y qué? —se burló Sully. —No veo aquí a Jaejoong. Sólo te veo a ti. ¿Qué será, Yunho, tu orgullo o el tigre? ¿Vas a renunciar a todo por amor o te aferrarás a ese orgullo que tanto te importa?

Hubo un largo silencio. Cuando las lágrimas comenzaron a deslizarse por la cara de Jaejoong, éste supo que tenía que escapar. Pasó junto a Brady, pero se detuvo cuando oyó el fiero comentario de éste. 

—Qué hijo de puta.

Se giró con rapidez y vio que Yunho seguía de pie frente a Sully, en silencio, con la cabeza alta, pero sus rodillas comenzaban a doblarse. Esas poderosas rodillas Choi. Esas orgullosas rodillas Jung. Poco a poco, su marido se dejó caer en el serrín, pero Jaejoong supo que jamás había parecido más arrogante, ni más inquebrantable. 

—Suplícamelo —susurró Sully. 

—¡No! —la palabra surgió de lo más profundo del pecho de Jaejoong. ¡No dejaría que Sully le hiciera eso, ni siquiera por Sinjun! ¿De qué serviría salvar a un magnífico tigre si con ello destruía a otro? Atravesó la puerta a toda velocidad y entró en la pista, haciendo volar el serrín mientras corría hacia Yunho. Cuando llegó hasta su marido lo cogió del brazo y tiró de él para que se pusiera en pie. 

—¡Levántate, Yunho! ¡No lo hagas! No se lo permitas. 

Él no apartaba la mirada de Sully Quest. Sus ojos parecían llamas ardientes. 

—Tú me lo dijiste una vez, Jaejoong. Nadie puede humillarme. Sólo yo puedo rebajarme. 

Yunho levantó la cabeza, con la boca fruncida en un gesto de desprecio. Aunque estaba de rodillas, jamás había parecido tan regio. Era el zar en persona. El rey de la pista central. 

—Te lo ruego, Sully —dijo con firmeza. —No permitas que le ocurra nada a ese tigre. 

Jaejoong se aferró al brazo de Yunho y se dejó caer de rodillas a su lado. 

Brady soltó una exclamación.

Y Sully Quest curvó los labios en una media sonrisa. La expresión que tenía en la cara era una irritante combinación de admiración y satisfacción. 

—Qué hijo de perra eres. Al final será verdad que lo amas después de todo. 

Miró a Jaejoong, arrodillado al lado de Yunho. 

—Por si aún no te has dado cuenta, Yunho te ama. Tu tigre estará de vuelta mañana por la mañana. Ya me lo agradecerás en otro momento. Ahora, ¿tengo que seguir haciendo yo el trabajo sucio o piensas que puedes encargarte tú solo de esto sin volver a joderlo todo?

Jaejoong clavó la mirada en ella, tragó saliva, y asintió con la cabeza. 

—Bien, porque ya estoy harta de que todos estén preocupados por ti.

Brady comenzó a maldecir por lo bajo.

Yunho entrecerró los ojos. 

Y Sully Quest, la orgullosa reina de la pista central, pasó majestuosamente junto a ellos con la cabeza en alto y su brillante pelo rojizo ondeando como un estandarte del circo. 

Brady la alcanzó antes de que llegara a la puerta trasera, pero antes de que él pudiera decir algo, ella se volvió y le clavó el dedo índice en el pecho con tanta fuerza como pudo. 

—¡Y que nunca vuelva a oírte decir que no soy buena persona!

Lentamente, una pícara sonrisa reemplazó la mirada atontada en la cara de Brady. Sin decir palabra, se inclinó y se la cargó al hombro.

Arrodillados todavía en el serrín de la pista, Jaejoong sacudió la cabeza con desconcierto y miró a Yunho.

—Sully lo tenía planeado todo. Sabía que Brady y yo no podríamos resistirnos a escuchar a escondidas. De alguna manera sabía cómo me sentía y ha preparado toda esta charada para que vea que es verdad que me amas.

Los ojos que cayeron sobre él eran tan duros y fríos como el ámbar, y además estaban furiosos. 

—Ni una palabra. —Jaejoong abrió la boca. —¡Ni una palabra! 

El orgullo de Yunho había quedado maltrecho y no se lo estaba tomando demasiado bien. Jaejoong supo que tenía que actuar con rapidez. Después de haber llegado hasta ahí, no iba a perderlo ahora.

Le empujó en el pecho con todas sus fuerzas y, pillado por sorpresa, Yunho cayó en el serrín. Antes de que pudiera incorporarse, Jaejoong se sentó a horcajadas sobre él.

—No seas tonto, Yunho. Te entiendo. —Le metió los dedos entre los cabellos. —Te lo ruego. Hemos llegado demasiado lejos para que hagas el tonto ahora; ya lo he hecho yo por los dos. Aunque en parte fue por tu culpa, que lo sepas. Me has repetido tantas veces que no sabías amar que, cuando realmente lo hiciste, pensé que sólo te sentías culpable. Debería haberlo sabido. Debería... 

—Deja que me levante, Jaejoong. —  Él sabía que podía quitárselo de encima con facilidad, pero también sabía que no lo hacía por el bebé. Y porque lo amaba.

Se inclinó hacia él. Le rodeó el cuello con los brazos y apretó la mejilla contra la suya. Extendió las piernas sobre las de él y apoyó los dedos de los pies encima de sus tobillos.

—Creo que no. Ahora estás un poco furioso, pero se te pasará en un par de minutos, en cuanto lo reconsideres todo. Hasta entonces, no pienso dejarte hacer nada que puedas lamentar más tarde. 

Jaejoong creyó sentir que él se relajaba, pero no se movió, porque Yunho era un tramposo redomado y esa podía ser una de sus tácticas para pillarlo con la guardia baja. 

—Levántate ya, Jaejoong. 

—No. 

—Acabarás lamentándolo. 

—Tú no me harías daño. 

—¿Quién ha dicho nada sobre hacer daño?

—Estás furioso. 

—Soy muy feliz. 

—Estás muy furioso por lo que Sully te ha obligado a hacer.

—Ella no me obligó a hacer nada. 

—Te aseguro que sí. —Jaejoong alzó la cabeza para dirigir una amplia sonrisa a aquella cara ceñuda.

—Lo ha hecho muy bien. De veras. Si tenemos una niña podemos llamarla como ella.

—Sobre mi cadáver. 

Jaejoong inclinó de nuevo la cabeza y esperó, acostado sobre él como si fuera el mejor colchón anatómico del mundo. 

Yunho le rozó la oreja con los labios. 

—Quiero casarme antes de que nazca el bebé —susurró Jaejoong acurrucándose más contra él. Sintió la mano de Yunho en su pelo. 

—Ya estamos casados. 

—Quiero hacerlo de nuevo. 

—Dejémoslo sólo en hacerlo.

—¿Te vas a poner vulgar? 

—¿Te levantarás si lo hago? 

—¿Me amas? 

—Te amo. 

—No suena como si me amases. Suena como si estuvieras rechinando los dientes. 

—Estoy rechinando los dientes, pero eso no quiere decir que no te quiera con todo mi corazón. 

—¿De veras? —Jaejoong alzó de nuevo la cabeza y le brindó una sonrisa radiante. —Entonces, ¿por qué tienes tantas ganas de que me levante? 

Yunho esbozó una sonrisa pícara. 

—Para poder probarte mi amor. 

—Empiezas a ponerme nervioso. 

—¿Temes no ser lo bastante hombre para mí? 

—Oh, no. Definitivamente eso no me pone nervioso. —Jaejoong inclinó la cabeza y le mordisqueó el labio inferior. En menos de un segundo, él lo convirtió en un beso profundo y sensual. A Jaejoong se le saltaron las lágrimas porque todo era maravilloso. 

Yunho comenzó a besarle las lágrimas y él le acarició la mejilla. 

—Me amas de verdad, ¿no?

—Te amo de verdad —dijo él con voz ronca. —Y esta vez quiero que me creas. Te lo ruego, cariño. 

Jaejoong sonrió a través de las lágrimas. 

—Te creo. Vámonos a casa.

*

Jaejoong y Yunho se casaron por segunda vez diez días después en un campo al norte de Busan. La ceremonia tuvo lugar al amanecer porque el novio insistió en contar con la presencia de un invitado que los demás hubieran preferido que olvidara. 

Sinjun descansaba a los pies de Jaejoong, y ambos estaban unidos por una larga correa plateada. Un extremo rodeaba el cuello del tigre y el otro envolvía la muñeca del joven. Como resultado de la presencia del felino, el número de personas que asistían a la ceremonia nupcial a las seis de esa mañana de octubre era bastante reducido. Y parecían bastante nerviosas. 

—No sé por qué no pudo dejarlo en la jaula —le susurró Sully a su marido, el hombre con quien se había casado unos días antes en una ceremonia celebrada en la pista central que finalizó con una actuación en el trapecio de los hermanos Tolea. 

—A mí me vas a hablar de personas tercas —repuso él. —Estoy casado con una.

Ella le dirigió una mirada de complicidad. 

—Tienes suerte.

—Sí—asintió Brady, —tengo suerte.

Al lado de ellos, Krystal acarició la trompa de Tater mientras miraba a Jaejoong con aire crítico. Si ésa fuera su boda, decidió, llevaría puesto algo más bonito que unos viejos vaqueros, sobre todo —y Krystal lo sabía de buena tinta— cuando no podía abrocharlos en la cintura. De hecho, se había puesto una de las enormes camisas azules de Yunho para ocultarlo.

De todas formas, Jaejoong estaba muy guapo. Tenía las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes. Yunho le había regalado por sorpresa, un anillo de diamantes tan grande que era una suerte para todos que aún no hubiera salido el sol o se habrían quedado ciegos. 

Ese verano había habido tantos cambios en la vida de Krystal que todavía le costaba asimilarlos. Sully no iba a vender el circo de los Hermanos Quest y a Krystal le parecía genial que su padre y ella estuvieran intentando tener un bebé. Sully era una madrastra la mar de guay. Le había dicho a Krystal que podía empezar a salir con chicos ese año, aunque su padre había añadido que lo haría sobre su cadáver, y se había convertido en una persona casi tan cariñosa como Jaejoong. 

Jaejoong le había comentado a Krystal que se matricularía en la universidad donde daba clases Yunho tan pronto como naciera el bebé para poder trabajar después en una guardería, y que los dos se irían a China en diciembre para adquirir piezas para ese museo tan grande del que Yunho era asesor. 

A pesar de todo, harían la gira del verano siguiente con el circo de los Hermanos Quest, y Jaejoong incluso le había dicho que volvería a actuar con Yunho en la pista central. Le había confesado que ya no le daban miedo los látigos porque ya había experimentado lo peor que podía pasarle. 

Yunho comenzó a formular sus votos con una voz ronca y profunda y, cuando bajó la mirada hacia Jaejoong, su expresión era tierna como si tuviese ante sus ojos lo que más amaba en el mundo. Jaejoong, naturalmente, rompió a llorar y Jia tuvo que ofrecerle un pañuelo de papel. El joven respiró hondo y se dispuso a decir sus votos.

—Yo, Kim Jung Jaejoong, te tomo a ti... —Hizo una pausa. 

Yunho lo miró y arqueó una ceja. 

—No me digas que has vuelto a olvidarte de mi nombre. —Parecía exasperado, pero Krystal hubiera jurado que quería reírse. 

—Claro que no. Es que no conozco tu segundo nombre y acabo de darme cuenta ahora. 

—Ah... —Yunho se inclinó y se lo susurró al oído.

—Perfecto. —Jaejoong sonrió entre lágrimas y volvió a mirarlo a los ojos. —Yo, Kim Jung Jaejoong, te tomo a ti, Choi Jung Yunho... 

Mientras Jaejoong seguía hablando, Yunho le apretó la mano y Krystal hubiera jurado por Dios que él también tenía lágrimas en los ojos. 

Sinjun se levantó y se estiró hasta alcanzar toda su longitud. Sully se puso nerviosa y se arrimó al brazo de Brady buscando protección. A Krystal no es que le volviera loca el tigre, pero no era tan miedica como Sully. 

Su madrastra había dado una gran sorpresa a la pareja cuando les entregó a Sinjun como regalo de boda. Yunho ya había mandado construir un lugar para el tigre detrás de su casa en Busan. Seguro que molaba ser tan rico. Aunque nadie lo hubiera mencionado, Krystal pensaba que Tater pasaría también el invierno en el granero que Yunho tenía en Busan en lugar de quedarse con el resto de los elefantes en el circo. 

—Yo los declaro esposos.

Jaejoong y Yunho se miraron el uno al otro y, por un instante, dio la impresión de que se habían olvidado del resto del mundo. Por fin, Yunho recordó que era el momento del beso y se inclinó para besar a su esposo. Krystal no pudo asegurar que fuera un beso francés, pero no le hubiera extrañado nada. Mientras se besaban, Tater los espolvoreó con briznas de heno como si éstas fueran arroz. 

Todos se echaron a reír menos Sully, que seguía pendiente de Sinjun. 

Jaejoong soltó la correa del tigre. Luego lanzó un gritito de alegría y rodeó el cuello de Yunho con los brazos. Él lo alzó y lo hizo girar, aunque lo hizo con mucho cuidado para no lastimar al bebé. 

Cuando se detuvo, lo besó de nuevo. 

—He conseguido al mejor hombre de todos. 

Jaejoong adoptó esa mirada tan descarada que incluso Krystal pensaba que era precioso. 

—Y yo tengo al mejor de los hombres Jung. 

Todo aquello le parecía tan ridículo que Krystal comenzó a sentir vergüenza ajena, pero no se cortó un pelo a la hora de vitorear, porque le gustaban los finales felices.

Luego se dio cuenta de que aquello no era un final en absoluto. Al mirar a su alrededor, a todas esas personas que amaba, supo que sólo era el comienzo de una nueva vida.

Fin.

miércoles, 9 de abril de 2014

Capítulo 24

Yunho acompañó a Jaejoong a una casa modesta en una calle de un barrio obrero bastante alejado del zoológico. Había una escultura de escayola de la Virgen María en el diminuto patio delantero, al lado de unos girasoles que rodeaban un parterre de petunias rosadas. Jaejoong había alquilado una habitación en la parte trasera con vistas a la vía del tren. Mientras él recogía sus escasas pertenencias, él fue a pagar a la casera sólo para descubrir que Jaejoong ya había pagado el alquiler por adelantado.

Gracias a la charlatana mujer se enteró de que Jaejoong trabajaba como aseador en un salón de belleza durante el día y de camarero en una cafetería del barrio por la noche. No era de extrañar que pareciera tan cansado. No tenía coche y tenía que ir andando o en autobús a todas partes; ahorraba todo lo que ganaba para cuando naciera el bebé. El hecho de que su esposo hubiera vivido en la miseria mientras él tenía dos automóviles de lujo y una casa llena de obras de arte de incalculable valor sólo contribuyó a hacerlo sentir más culpable. 

Antes de ponerse en camino, Yunho consideró por un momento llevarlo a su casa en Busan, pero al instante rechazó la idea. Él necesitaba más que una curación física, necesitaba una curación emocional y tal vez los anímales que amaba lo ayudarían a conseguirla. 

Aquello le resultaba tan familiar que Jaejoong sintió una momentánea felicidad cuando la camioneta se detuvo. Yunho y él estaban en la carretera, camino de la siguiente ubicación del circo. Estaba enamorado y embarazado y... Se despertó de golpe cuando la realidad se abatió sobre él. 

Yunho sacó la llave del contacto y abrió la puerta. 

—Tengo que dormir un poco o acabaremos empotrándonos contra un árbol. Pasaremos aquí la noche. —Bajó de la camioneta y cerró la puerta.

Jaejoong se reclinó en el asiento y cerró los ojos ante el brillante crepúsculo; también cerró el corazón a la dulzura que escuchaba en la voz de Yunho. Él se sentía culpable, cualquiera podía verlo, pero no dejaría que eso lo ablandara. Seguro que él se sentía mejor después de haberle dicho todas aquellas mentiras, pero si él las creía acabaría atrapado. Tenía que proteger a su bebé; ya no podía permitirse el lujo de ser optimista.  

Yunho le había dicho que Yuri y su padre habían sustituido las píldoras y se había disculpado por no haber confiado en él. Otra cosa que lo hacía sentirse culpable. Él lo ignoró. 

¿Por qué Yunho no podía dejarla solo? ¿Por qué lo había obligado a regresar con él? Por primera vez en semanas, todas las emociones que mantenía bajo control irrumpieron en su interior. Apretó los nudillos contra los labios y luchó por contener todos aquellos sentimientos hasta que volvió a erigir el muro que lo había mantenido en pie el último mes. 

Él siempre se había dejado llevar por las emociones, pero si quería sobrevivir no podía seguir así. El orgullo lo es todo, le había dicho Yunho, y era cierto. Fue el orgullo lo que lo sostuvo. Lo que consiguió que limpiara en la peluquería un día tras otro y que pasara las noches cargando las pesadas bandejas con aquella comida grasienta que le producía náuseas. El orgullo fue lo que puso un techo sobre su cabeza y lo que le hizo ganar dinero para el futuro. El orgullo lo mantuvo en pie cuando el amor lo traicionó. 

¿Y ahora qué? Por primera vez en semanas, experimentaba temor por algo que no tenía nada que ver con poder pagar el alquiler. Le daba miedo Yunho. ¿Qué quería de él?

«La peor amenaza para los tigres jóvenes es un tigre adulto. Los tigres no mantienen fuertes vínculos familiares como los leones o los elefantes. No es inusual que un tigre mate a su cachorro.»

Forcejeó con el tirador de la puerta sólo para ver que su marido se dirigía hacia él. 

Yunho apartó la silla de la mesa donde el camarero del servicio de habitaciones había puesto la comida que había pedido.

—Siéntate y come, Jaejoong. 

Yunho no había escogido un motelucho de carretera, de eso nada; los había instalado en una suite de lujo en un reluciente y novísimo hotel .Recordó cómo acostumbraba a contar los peniques cuando iba a hacer la compra y el sermón que le soltaba a Yunho cuando adquiría una botella de vino de buena cosecha. Cómo debía de haberse reído de él. 

—Te he dicho que no tengo hambre.

—Entonces siéntate y acompáñame. 

A Jaejoong le costó menos sentarse en la silla que discutir con él. Yunho se ajustó el nudo del cinturón del albornoz blanco que se había puesto tras la ducha y se sentó frente a él. Tenía el pelo húmedo y se le rizaba en las sienes. Necesitaba un buen corte. 

Yunho bajó la vista a la ingente cantidad de comida que había pedido para Jaejoong: una enorme ensalada, pechugas de pollo con salsa de champiñones, patatas al horno, pasta, lasaña, dos panecillos, un gran vaso de leche y una ración de tarta de queso. 

—No puedo comerme todo esto. 

—Estoy hambriento. Comeré parte de lo tuyo. 

Aunque a él le gustaba comer, no comía tanto como para dar cuenta de todo aquello. Jaejoong sintió el estómago revuelto. Había tenido problemas para retener la comida cuando abandonó a Yunho y durante todo el primer trimestre de embarazo.

—Prueba esto —Yunho tomó un poco de lasaña de su plato y la acercó a sus labios. Cuando él abrió la boca para negarse, él se la metió dentro con rapidez, obligándolo a tragársela.

—He dicho que no tengo hambre. 

—Pruébala. Está buena, ¿verdad? 

Para sorpresa de Jaejoong, en cuanto pasó la impresión inicial, la lasaña sabía bien, aunque no pensaba decírselo. Tomó un sorbo de agua. 

—De verdad, no quiero nada más. 

—No me sorprende —Yunho señaló el pollo. —Tiene pinta de estar seco. 

—Está flotando en salsa. No está seco. 

—Créeme, Jaejoong, este pollo está tan seco como la suela de un zapato. 

—No sabes lo que dices. Déjame probar. 

Jaejoong pinchó el pollo con el tenedor y cuando comió un trozo, vio que era jugoso. 

—Aquí tienes. —Jaejoong le acercó el tenedor. 

Él abrió obedientemente la boca, lo masticó e hizo una mueca. 

—Seco. 

Jaejoong agarró el cuchillo con rapidez, cortó un pedazo para él y se lo comió. Estaba tan delicioso como parecía. 

—El pollo está riquísimo. 

—Supongo que no me sabe a nada por culpa de la lasaña. Déjame probar la pasta.

Irritado, Jaejoong lo observó girar el tenedor en la pasta y metérselo en la boca. Un momento después, él dio su veredicto. 

—Lleva demasiado condimento. 

—Ahora prefiero la comida muy especiada.

—Luego no me digas que no te lo dije. 

Jaejoong cogió un poco de pasta que goteó en el mantel cuando se la llevó a la boca. Estaba suave y sabrosa. 

—No está demasiado condimentada. 

Se dispuso a coger otro bocado, pero detuvo el tenedor en el aire. Se dio cuenta de que lo estaba engañando. Lo miró y dejó el tenedor en el plato.

—Otro juego de poder.

Los dedos largos y delgados de Yunho se cerraron en torno a su muñeca mientras lo miraba con una preocupación que Jaejoong no se creyó ni por un momento.

—Por favor, Jaejoong, me asusta lo delgado que estás. Tienes que comer por el bien del bebé. 

—¡No me digas lo que tengo que hacer! —Lo atravesó una sensación dolorosa. Contuvo las palabras que había estado a punto de decir y se escudó detrás de la gélida barrera que la mantenía a salvo. Las emociones eran sus enemigas, aunque debía hacer lo más conveniente para su hijo. 

Sin decir nada más, se concentró en la comida y tragó hasta que no pudo más. Ignoró los intentos de Yunho por entablar conversación y que él no comiera casi nada. Jaejoong se había escapado mentalmente a un bello prado donde su bebé y él eran libres, donde les protegía un poderoso tigre llamado Sinjun, que los amaba y que no se pasaba el día encerrado en una jaula. 

—Estás agotado —dijo Yunho cuando él dejó el tenedor sobre el plato. —Los dos necesitamos dormir. Nos acostaremos temprano. 

Jaejoong se levantó de la mesa, cogió sus cosas y entró en el baño; se permitió el placer de darse una larga ducha. Cuando salió, la suite estaba a oscuras, alumbrada sólo por la tenue luz que se filtraba por la abertura en las cortinas. Yunho estaba acostado boca arriba en uno de los lados de la enorme cama. 

Jaejoong estaba tan cansado que casi no se mantenía en pie, pero el pecho desnudo de Yunho impidió que se acercara a la cama. 

—Está bien —susurró él en la oscuridad. —No te tocaré, cariño. 

Jaejoong permaneció donde estaba hasta que se dio cuenta que le daba lo mismo si lo tocaba o no. No le importaba lo que él hiciera porque no sentía nada. 

*

Yunho metió las manos en los bolsillos del impermeable y se apoyó en la cerca contra huracanes que marcaba el borde del recinto donde pasarían los dos días siguientes; la fresca brisa de esa mañana del mes de octubre traía la esencia del invierno. 

Brady se acercó a él. 

—Tienes un aspecto horrible. 

—Bueno, tú no pareces estar mucho mejor. 

Bufó Brady. —No se puede vivir con ellos, pero tampoco sin ellos. 

Yunho ni siquiera logró esbozar una sonrisa. Puede que Brady tuviera problemas con Sully, pero al menos su relación con Krystal iba viento en popa. Pasaban mucho tiempo juntos, y era un entrenador más paciente que nunca. Algo que daba frutos, porque las actuaciones de Krystal habían mejorado sustancialmente.

Jaejoong y él habían regresado diez días antes y todos se habían dado cuenta de que a Jaejoong le pasaba algo malo. Su esposo ya no se reía ni rondaba por el recinto con su coleta rebotando al viento. Era educado con todos —incluso ayudaba a Krystal con los deberes, —pero todas las cualidades especiales que lo hacían ser como era parecían haber desaparecido. Y todos esperaban que él tomara cartas en el asunto. 

Brady cogió un palillo del bolsillo do su camisa y se lo puso en la boca. 

—Jaejoong no parece el mismo. 

—Son los primeros meses de embarazo, nada más. 

Brady no pareció convencido. 

—Echo de menos cómo era. Bueno, no echo de menos que meta la nariz en mis asuntos como solía hacerlo, eso te lo aseguro, pero sí que añoro la manera en que se preocupaba por todos. Parece que ahora sólo le interesan Sinjun y los elefantes. 

—Lo superará. 

—Supongo. 

Observaron en silencio cómo un camión descargaba heno. Yunho miró cómo Jaejoong lavaba a Puddin. Le había dicho que no quería que siguiera trabajando, pero él le respondió que se había acostumbrado a hacerlo. Luego había intentado que se mantuviera alejado de los elefantes a excepción de Tater, temiendo que alguno le hiciera daño. Jaejoong lo había mirado sin responder y había hecho lo que le vino en gana.

Brady se cruzó de brazos. 

—Creo que deberías saber que anoche volví a verlo dentro de la jaula de Sinjun. 

—¡Maldita sea! Te juro que lo esposaré para que se mantenga alejado de la jaula de ese tigre. 

—Me asusta cómo está. Odio verlo así.

—Bueno, pues no eres el único. 

—¿Por qué no haces algo? 

—¿Qué me sugieres? He hecho traer uno de mis coches desde Busan para que no tuviera que desplazarse en la camioneta, pero me dijo que le gustaba la camioneta. Le he comprado flores, pero las ignora. Intenté que nos trasladáramos a una caravana RV nueva, pero casi le dio un ataque cuando se enteró, así que lo dejé pasar. Ya no sé qué hacer. —Yunho se pasó una mano por el pelo. —Pero ¿por qué te cuento todo esto? Si supieras algo de hombres no andarías detrás de Sully. 

—No pienso discutir contigo. 

—Jaejoong se pondrá bien. Es sólo cuestión de tiempo. 

—Puede que tengas razón.

—Te aseguro que la tengo. 

Si se lo repetía lo suficiente, tal vez se convertiría en realidad. Lo echaba de menos. Ahora Jaejoong ya no lloraba. Aquellas lágrimas repentinas que habían sido parte de él como el aire que respiraba, habían desaparecido; era como si se hubiese anestesiado para no sentir nada. Recordaba cómo solía lanzarse a sus brazos desde la rampa del camión, su risa, cómo le acariciaba el pelo. Lo necesitaba como nunca había necesitado a nadie... Y para colmo, la noche anterior había tocado fondo. 

Hizo una mueca sólo de recordarlo. 

Estaba soñando que Jaejoong le sonreía como antes, con su cara iluminada por completo y ofreciéndose a él. Se había despertado acurrucado contra él. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que habían hecho el amor y lo deseaba demasiado para alejarse. 

Le deslizó la mano por la cadera y por el vientre redondeado. Él se despertó al momento y se tensó bajo sus caricias, pero no se apartó. Ni siquiera se resistió cuando le separó los muslos y se colocó encima. Jaejoong se mantuvo inmóvil mientras él añadía un pecado más a la lista de los que ya había cometido contra él. Se había sentido como un violador y esa mañana ni siquiera se había afeitado para no verse en el espejo. 

—Sigue hablando con Krystal —dijo Brady. —Pero no como solía hacerlo. Krystal está tan preocupada como todos nosotros. 

Krystal terminó los tacos que Sully había preparado y se limpió los dedos en la servilleta de papel. 

—¿Quieres saber lo que me dijo mi padre ayer por la noche? 

Sully la miró desde el fregadero. 

—Claro. 

Krystal sonrió ampliamente, luego resopló. 

—Me dijo: «Bueno, Krystal, saca tus cosas del sofá. Que te quiera tanto no significa que quiera mancharme el culo de maquillaje.» 

Sully se rio. 

—Tu padre sabe cómo engatusar a la gente.

—Sully, aquel día en el aeropuerto... —Krystal parpadeó. —Mi padre tenía los ojos llenos de lágrimas. 

—Te quiere mucho. 

—Supongo que sí. —Su sonrisa se desvaneció. —Me siento culpable de ser tan feliz cuando Jaejoong está tan jodido. Ayer dije «joder» delante de él y ni siquiera se inmutó. 

Sully pasó un paño por la encimera de la cocina. 

—No haces más que hablar de él. Me pone enferma.

—Eso es porque no lo soportas. No entiendo por qué. Quiero decir que sé que Yunho y tú estuvieron saliendo y todo eso, pero a ti ya no te interesa él y Jaejoong está muy deprimido. ¿Qué es lo que tienes contra él? 

—Lo que pasa es que Sully no puede aguantar que haya alguien que no la considere el ombligo del mundo. —Brady estaba al lado de la puerta, aunque ninguna de las dos lo había oído entrar. 

Sully se volvió hacia él hecha una furia. 

—¿No sabes llamar a la puerta? 

Krystal suspiró.

—¿Van a empezar a discutir otra vez? 

—Yo no discuto —dijo Brady. —Es ella. 

—¡Ja! Se cree que puede decirme lo que tengo que hacer y no pienso consentirlo. 

—Eso es lo que él dice de ti —señaló Krystal con paciencia. Y luego, aunque pensaba que gastaba saliva inútilmente añadió: —Si se casaran de una vez por todas estarían tan ocupados dándose órdenes mutuamente que nos dejarían en paz a todos los demás. 

—¡No me casaría con él por nada del mundo!

—¡No me casaría con ella aunque fuera la última mujer de la tierra!

—Entonces no deberían acostarse juntos. —Krystal imitó lo mejor que supo a Jung Jaejoong. —Papá, sé que sales a hurtadillas todas las noches para dormir con ella, pero mantener relaciones sexuales con otra persona sin estar enamorado de ella es inmoral.

Sully se puso roja. Su padre abrió y cerró la boca un par de veces como si fuera una carpa dorada, luego comenzó a farfullar. 

—No sabes lo que dices, señorita. Sully y yo sólo somos amigos, eso es todo. Tuvo problemas con el depósito de agua y yo... 

Krystal puso los ojos en blanco. 

—No soy imbécil, papá. 

—Escúchame...

—¿Qué clase de ejemplo crees que me estás dando? Ayer mismo leí algo sobre madurez psicológica en mis deberes, y parece que tengo dos cosas en mi contra. 

—¿Cuáles?

—Perdí a mi madre y soy producto de una familia desestructurada. Eso y lo que veo que hacen los dos adultos más influyentes de mi vida hace que tenga muchas posibilidades de acabar embarazada antes de cumplir los veinte años. 

Brady arqueó las cejas hasta que prácticamente se perdieron en el nacimiento del pelo, y Krystal llegó a pensar que perdería  el control. Aunque Brady ya no le daba el mismo miedo que antes, no era estúpida. 

—Me piro. Nos vemos, chicos. 

Cerró de un portazo al salir de la caravana.

—¡Qué cabrita! 

—Siéntate —dijo Sully. —Sólo intenta decirnos algo.

—¿Qué?

—Que deberíamos casarnos. —Sully se llevó un trozo de carne a la boca. —Lo que demuestra lo poco que sabe de la vida. 

—No la has entendido bien.

—Aún no se ha dado cuenta de lo incompatibles que somos. 

—Excepto ahí dentro. —Brady señaló con la cabeza el dormitorio de la parte de atrás. 

—Bueno, lo cierto es... —Una astuta sonrisa se extendió por la cara de Sully— que parece que los chicos de las clases bajas tienen su utilidad. 

—Pues claro que la tenemos. —La tomó entre sus brazos y ella se apretó contra él. Comenzó a besarla, pero se apartó porque los dos tenían cosas que hacer y una vez que empezaban no habría nada que los detuviera. 

Brady notó la preocupación en los ojos de Sully. 

—La temporada termina —dijo ella. —En un par de semanas estaremos en Busan.

—Nos veremos en invierno.

—¿Quién ha dicho que quiera verte?

Sully mentía y los dos lo sabían. Estaban muy a gusto juntos, pero Brady tenía el presentimiento de que ella quería algo que él no podía darle. 

Enterró los labios en el pelo de Sully. 

—Sully, tengo que protegerme de ti. Creo que te amo, pero no puedo casarme contigo. Soy un hombre orgulloso y tú siempre estás pisoteando mi orgullo. 

Ella se tensó y se alejó de él, lanzándole una mirada tan desdeñosa que Brady se sintió como una cucaracha. 

—Creo que nadie ha hablado de matrimonio.

Brady no sabía expresarse bien, pero había algo importante que quería decirle desde hacía tiempo. 

—Me gustaría casarme contigo, pero me resultaría imposible estar casado con alguien que disfruta humillándome todo el tiempo. 

—¿Qué dices? Tú también me humillas. 

—Sí, pero yo lo hago sin querer y tú no. Hay una gran diferencia. Lo cierto es que te crees mejor que los demás. Piensas que eres perfecta. 

—Nunca he dicho eso. 

—Entonces cuéntame algo malo de ti.

—Ya no soy tan buena trapecista como antes.

—No hablo de eso. Hablo de algo que tengas dentro, algo que no sea como debería ser. A todos nos pasa. 

—No me pasa nada malo, no sé de qué me hablas. 

Brady negó tristemente con la cabeza. 

—Te conozco, nena. Y hasta que no resuelvas eso, no hay esperanza para nosotros. 

La soltó y se dio la vuelta para marcharse, pero antes de que él llegara a la puerta, Sully comenzó a gritar: 

—¡No sabes nada de mí! Que sea dura no quiere decir que sea una mala persona. ¡No lo soy, maldita sea! ¡Soy buena! 

—Además, eres una esnob —repuso él, mirándola. —Sólo te importa lo que tú sientes. Hieres a los demás. Estás obsesionada con el pasado y eres la persona más engreída que he conocido nunca. 

Por un momento Sully se quedó atontada, pero luego volvió a gritar:

—¡Mentiroso! ¡Soy buena! ¡Lo soy!

El grito furioso de Sully hizo que Brady se estremeciera. Supo que ella le atacaría y logró salir antes de que estrellara el plato de tacos contra la puerta.

*

Mientras daba vueltas esa noche por el recinto, Jaejoong se dio cuenta de que hubiera preferido seguir actuando con Yunho. Al menos hubiera estado ocupado. Cuando le había dicho que no iba a volver a la pista con él, no sintió ni alegría ni decepción. Le dio igual. En las últimas semanas había descubierto un dolor mucho más profundo que cualquiera que pudiera provocarle con el látigo.

Observó el bullicio de la multitud al otro lado del recinto. Los niños cansados se aferraban a sus madres y los padres llevaban en brazos a los más pequeños con manchas de manzana de caramelo en las bocas. Antes, ver a esos padres hubiera hecho que los ojos se le llenasen de lágrimas de emoción, pues imaginaba a Yunho llevando en brazos a su hijo. Pero ahora tenía los ojos secos. Junto con todo lo demás, había perdido la capacidad de llorar. 

Como el circo permanecería allí esa noche, los empleados tenían la urde libre y se habían dirigido al pueblo en busca de comida y alcohol. El recinto se fue quedando en silencio. Mientras Yunho se ocupaba de Misha, él se puso una de las viejas sudaderas de su marido y se movió entre los elefantes dormidos hasta llegar a Tater. Se arrodilló y se acurrucó entre las patas delanteras del animal y dejó que le apoyase la trompa en las rodillas.

Se arrebujó dentro de la sudadera de Yunho. La suave prenda olía a él, a esa particular combinación de jabón, sol y cuero que él habría reconocido en cualquier parte. ¿Llegaría a perder todo lo que amaba? 

Oyó unos pasos. Tater se incorporó sobre los cuartos traseros y Jaejoong vio un par de piernas enfundadas en vaqueros que no tuvo ninguna dificultad en reconocer. 

Yunho se puso en cuclillas a su lado y apoyó los codos en las rodillas, dejando colgar las manos entre ellas. Parecía tan triste que por una fracción de segundo quiso consolarlo. 

—Por favor, sal de ahí —susurró él. —Te necesito tanto.

Jaejoong apoyó la mejilla contra la arrugada piel del pecho de Tater. 

—Creo que me quedaré aquí un rato más. 

Yunho hundió los hombros y pasó un dedo por el suelo. 

—Mi casa... es grande. Hay una habitación de invitados con una buena vista del bosque que hay al sur.

Jaejoong soltó el aliento con un suave suspiro. 

—Hace frío esta noche. Va a nevar.

—He pensado que podríamos convertirla en una habitación infantil. Es una estancia agradable, soleada, con un gran ventanal. Tal vez podríamos tener allí una mecedora.

—Siempre me ha gustado la nieve.

Los animales se movieron y uno de ellos bufó en sueños. Tater levantó la trompa de la rodilla de Jaejoong y la pasó por los hombros de Yunho. El tono suave de Yunho no disimuló su amargura. 

—¿No vas a perdonarme nunca? —Jaejoong no dijo nada. —Te amo, Jaejoong. Te amo tanto.

Jaejoong oyó el sufrimiento en su voz, vio la vulnerabilidad en su cara y, si bien sabía que era debido a lo culpable que se sentía, Jaejoong había sufrido demasiado dolor para encontrar placer en infligírselo a otro, en especial a alguien que era tan importante para él 

—Tú no sabes cómo amar, Yunho.

—Puede que eso fuera cierto antes, pero ya no lo es. 

Tal vez fuera por lo cómodo que se sentía bajo el corazón de Tater, o tal vez fuera el dolor de Yunho, pero Jaejoong sintió que la gélida barrera que rodeaba su corazón comenzaba a agrietarse. A pesar de todo, todavía lo amaba. Se había mentido a sí mismo cuando se dijo que no lo hacía. Él era su alma gemela y su corazón siempre le pertenecería. Con esa certeza llegó un conocimiento más profundo y amargo. Si volvía a caer víctima del amor que sentía por él, podría acabar destruido y, por el bien del bebé, no podía permitir que eso ocurriera. 

—¿Es que no lo ves? Sólo te sientes culpable. 

—Eso no es cierto. 

—Eres un hombre orgulloso. Has violado tu código del honor e intentas arreglarlo. Lo entiendo, pero no voy a dejar que mi vida se base en unas palabras que no sientes de verdad. Este bebé es demasiado importante para mí. 

—El bebé también es importante para mí. 

Jaejoong hizo una mueca de dolor. 

—No digas eso, por favor. 

—Te probaría mi amor si pudiera, pero no sé cómo hacerlo.

—Tienes que dejarme ir. Sé que eso heriría tu orgullo y lo siento, pero vivir contigo así es demasiado duro para mí. 

Él no dijo nada. Jaejoong cerró los ojos e intentó ocultarse tras la helada barrera que la había mantenido en pie hasta entonces, pero Yunho había provocado demasiadas grietas.

—Por favor, Yunho —susurró entrecortadamente. —Por favor, deja que me vaya. 

La voz de Yunho apenas era un susurro. 

—¿Es eso lo que quieres de verdad? 

Jaejoong asintió con la cabeza. 

Jamás había pensado que lo vería tan derrotado, pero en ese momento la chispa que ardía en el interior de Yunho pareció apagarse. 

—Vale —dijo con voz ronca. —Que sea como tú quieras. 

Si eso era lo que quería, ¿por qué le dolía tanto?

A su lado se movió una sombra, pero los dos estaban demasiado absortos en su sufrimiento para darse cuenta de que alguien más había escuchado la conversación.