—¡Yunho!
Él
alzó la cabeza del motor de la grúa con rapidez en cuanto oyó la voz de Jaejoong
gritando su nombre y sonando exactamente igual que solía hacerlo. Se sintió
esperanzado. Quizás aún no se había acabado todo. Tal vez Jaejoong no quiso
decir lo que dijo dos noches atrás y no tendría que llevarlo al aeropuerto esa
misma tarde.
Arrojó
al suelo la llave inglesa que estaba usando y se volvió para mirarlo. Sus
esperanzas se desvanecieron en cuanto vio la expresión de su esposo.
—¡Sinjun
no está! Han descargado a todos los animales y él no estaba entre ellos. También falta Trey.
Brady
salió desde detrás de la grúa donde estaba intentando ayudar a Yunho.
—Seguro
que es cosa de Sully. Me apuesto lo que sea.
La
cara de Jaejoong palideció de ansiedad.
—¿Te
ha comentado algo?
—No,
pero se ha comportado como una verdadera arpía estos dos últimos días.
Jaejoong
miró a Yunho y, por primera vez desde que lo había ido a buscar al zoológico,
él sintió que lo miraba de verdad.
—¿Sabías
algo de esto?
—No,
no me ha dicho nada.
—Sabe
lo que sientes por ese tigre —dijo Brady. —Supongo que lo ha vendido a tus
espaldas.
—Pero
no puede hacer eso. ¡Es mío! —Jaejoong se mordió el labio como si se diera
cuenta de que lo que había dicho no era cierto.
—Antes
fui a ver a Sully —dijo Brady, —pero había desaparecido. Fue Shorty quien trajo
su RV, pero el Cadillac no estaba por ningún lado.
Jaejoong
cerró los puños.
—Le
ha hecho algo terrible a Sinjun. Lo sé.
Yunho
quiso consolarlo, pero sospechaba que Jaejoong tenía razón.
—Haré
algunas llamadas a ver si averiguo algo. ¿Por qué no hablan con los empleados
por si alguien sabe algo?
Pero
nadie sabía nada. Durante las dos horas siguientes hablaron con todos y sólo descubrieron que nadie había visto a Sully desde la tarde anterior.
Jaejoong
estaba cada vez más histérico. ¿Dónde estaba Sinjun? ¿Qué había hecho Sully con
él? Había descubierto bastantes cosas sobre el tráfico ilegal de animales
viejos del circo, sabía que era improbable que el tigre acabara en un zoo. ¿Qué
le ocurriría a su tigre?
Se
hizo tarde para llevar a Jaejoong al aeropuerto. Yunho había insistido en que
él se quedara con su padre hasta decidir lo que quería hacer, pero ahora eso no
tenía importancia. Pasó junto al Lexus gris con matrícula de Busan—otra muestra
más de lo culpable que se sentía Yunho— y se sentó en la parte trasera de la
camioneta que lo había trasladado durante todo el verano hasta llegar a esa
desolada noche de octubre. Desde allí, observó el recinto.
Pasó
la primera función y luego la segunda. La gente llegó y se fue. Aquel lugar era
la última parada antes de poner rumbo a Busan. De nuevo los empleados del circo
habían ido al pueblo junto con algunas de las showgirls y el recinto estaba
desierto. Tenía frío, pero esperó a que Yunho se hubiera cambiado de ropa y se
marchara a atender a Misha para regresar a la caravana.
Desde
la puerta vio su maleta, que yacía olvidada encima de la cama. Se acercó a ella
mientras se quitaba la vieja sudadera gris. Tras terminar de desnudarse en
silencio, comenzó a recolocar la ropa vacilando ante el desordenado cajón donde
Yunho guardaba la suya. Se arrodilló, deprimido, y abrió el último cajón.
Apartó a un lado los vaqueros de Yunho para ver lo que sabía que estaba oculto
debajo: un sonajero barato de plástico, un patito amarillo, una caja de
galletas con forma de animales, un babero con la imagen de un conejo y un
ejemplar de un libro del doctor Spock.
Había
descubierto todo esos objetos unos días antes cuando estaba buscando otra cosa;
Yunho nunca los había mencionado. En ese momento tocó el sonajero con la punta
de un dedo e intentó imaginar por qué razón había comprado todo eso. Si pudiera
permitirse creer que...
No.
No podía pensar eso, tenía demasiado que perder.
Cerró
el cajón y, cuando regresaba a la camioneta, vio el Cadillac de Sully aparcado
al lado de la RV y oyó gritos en el interior del circo. Yunho también los había
oído y se acercó a la vez que él. Se encontraron en la puerta trasera.
—Quizá
sería mejor que esperaras aquí —dijo él.
Jaejoong
lo ignoró y entró.
El
circo estaba iluminado por un solo foco, que arrojaba una luz difusa sobre la
pista, dejando el resto en penumbra. Jaejoong se vio envuelto por los
familiares olores a serrín, animales y palomitas de maíz. Iba a echarlo mucho
de menos.
Brady
y Sully estaban discutiendo al lado de la pista. Brady la asía del brazo
claramente furioso.
—Jaejoong
no te ha hecho absolutamente nada. ¿Por qué la has tomado con él?
Sully
se zafó de él.
—Hago
lo que me da la real gana, y ningún carnicero como tú va a mangonearme.
—¿No
te cansas de ser una arpía?
Lo
que fuera que Sully iba a decir murió en sus labios.
—Vaya,
vaya, mira a quién tenemos aquí.
Jaejoong
dio un paso adelante para enfrentarse a ella.
—¿Qué
has hecho con Sinjun?
Sully
se tomó su tiempo para contestar, jugando con él al gato y al ratón para
demostrar su poder.
—Sinjun
ha salido rumbo a su nuevo hogar. Los tigres siberianos son animales muy
valiosos, ¿lo sabías? Incluso los más viejos. —Se sentó en la primera fila de
asientos y cruzó las piernas en una postura que parecía demasiado estudiada.
—Ni siquiera yo sabía lo que ciertas personas pueden llegar a pagar por
ellos.
—¿De
qué personas hablas? —inquirió Yunho, deteniéndose junto a Jaejoong. —¿Quién lo
ha comprado?
—Por
ahora nadie. El caballero en cuestión no lo recogerá hasta mañana por la
mañana.
—Entonces,
¿dónde está?
—Está
a salvo. Trey está con él.
A Yunho
se le acabó la paciencia.
—¡Déjate
de rodeos! ¿A quién vas a vendérselo?
—Había
varias personas interesadas, pero Rex Webley ofreció el mejor precio.
—Jesús.
—La expresión de la cara de Yunho hizo que Jaejoong se estremeciera de
inquietud.
—¿Quién
es Rex Webley? —preguntó.
—No
digas ni una sola palabra Sully, esto es algo entre tú y yo —intervino Yunho,
antes de que ella pudiera contestar.
Sully
le dirigió una mirada condescendiente antes de volverse hacia Jaejoong.
—Webley
tiene un coto de caza ilegal en Texas.
Jaejoong
no lo entendió.
—¿Un
coto de caza ilegal?
—Hay
gente que le paga a Webley para ir a cazar ciertos animales allí —dijo Brady
con disgusto.
Jaejoong
pasó la mirada de Sully a Brady.
—¿Para
cazarlos? Pero nadie puede cazar tigres. Son una especie en peligro de
extinción.
Sully
se levantó y entró en la pista con decisión.
—Eso
hace que sean más valorados por los hombres ricos que ya están aburridos de
cazar piezas comunes y a los que les importa un comino la ley.
—¿Has
vendido a Sinjun para que lo cacen y lo maten? —dijo Jaejoong con voz
horrorizada cuando por fin comprendió lo que Sully le estaba diciendo. Un
montón de imágenes horribles cruzó por su cabeza.
Sinjun
no tenía el temor que un tigre normal siente hacia la gente. No se daría cuenta
de que esos hombres querían lastimarle. En su mente vio su cuerpo abatido por
las balas. Lo vio sobre la tierra con su pelaje negro y naranja manchado de
sangre. Se acercó rápidamente a Sully.
—¡No
te lo permitiré! Te denunciaré a las autoridades. Te detendrán.
—No,
no lo harán —repuso Sully. —No es ilegal vender un tigre. Webley me ha dicho
que su intención es exhibir a Sinjun en su rancho de caza. Eso no va contra la
ley.
—Sólo
que no va a exhibirlo, ¿verdad? Lo va a matar. —Jaejoong se sintió mareado.
—Iré a las autoridades. Lo haré. Detendrán todo esto.
—Lo
dudo —dijo Sully. —Webley lleva años sorteando la ley. Tendrías que tener un
testigo que jurara que vio cómo lo mataban, lo que no ocurrirá ni en sueños. Y
en cualquier caso, sería demasiado tarde para hacer nada, ¿no?
Jaejoong
nunca había odiado tanto a otro ser humano.
—¿Cómo
puedes hacer esto? Si tanto me odias, ¿por qué no me haces daño a mí? ¿Por qué
tienes que tomarla con Sinjun?
Yunho
entró en la pista y se enfrentó a Sully.
—Te
pagaré el doble que Webley —ofreció.
—Esta
vez no conseguirás nada con tu dinero, Yunho. No comprarás a Sinjun como
hiciste con Glenna. Puse una condición cuando apalabré la venta.
Jaejoong
lo miró con rapidez. Yunho no le había dicho que había sido él quien había
comprado a Glenna. Sabía que había hecho los arreglos necesarios para que fuera
instalada en el zoo , pero no que había sido su dinero el que lo había hecho
posible. La gorila tenía un nuevo y precioso hogar gracias a él.
—¿Por
qué haces esto? —preguntó él. —La gente de Webley no recogerá a Sinjun hasta el
amanecer. —La expresión de Sully se volvió astuta. —Será entonces cuando firme
los papeles, pero siempre puedo cambiar de idea.
—Ah,
así que llegamos al meollo del asunto, ¿verdad, Sully? —susurró Yunho con voz
apenas audible.
Sully
miró a Jaejoong, que todavía estaba fuera de la pista al lado de Brady.
—Eso
te gustaría, ¿verdad, Jaejoong? Que detuviera todo esto. Puedo hacerlo, ya lo
sabes. Con una simple llamada telefónica.
—Claro
que puedes —siseó Yunho. —¿Qué tengo que hacer para que hagas esa
llamada?
Sully
se volvió hacia él y fue como si Brady y Jaejoong hubieran dejado de existir,
quedando sólo ellos dos frente a frente en medio de la pista; algo para lo que
ambos habían nacido. Sully acortó la distancia que había entre ellos moviéndose
sinuosamente, casi como una amante, pero no existía ni pizca de amor entre
ellos.
—Ya
sabes lo que tienes que hacer.
—Dímelo
de todas maneras.
Sully
se giró hacia Jaejoong y Brady.
—Déjenos
solos. Esto es entre Yunho y yo.
—¡Esto
es una locura! Eso es lo que es. ¡Si hubiera sabido lo que estabas maquinando,
juro por Dios que te hubiera sacudido hasta que olvidaras tal gilipollez!
—explotó Brady.
Sully
ni siquiera se inmutó ante aquel arrebato de ira.
—Si
Jaejoong y tú no se van de aquí, será el final del tigre.
—Márchense
—dijo Yunho. —Haced lo que dice.
Brady
se volvió hacia él.
—No
dejes que te corte las pelotas. Lo intentará, pero no dejes que llegue a ese
extremo —dijo con amargura. Parecía como si hubiese perdido la fe en todo lo
que creía.
—Lo
intentaré —repuso Yunho suavemente.
Jaejoong
le dirigió una mirada suplicante, pero él estaba concentrado en Sully y no se
dio cuenta.
—Venga,
Jaejoong. Vámonos de aquí. —Brady le pasó el brazo por los hombros y lo llevó
hacia la puerta trasera. Tras tantos meses aprendiendo a luchar, Jaejoong
intentó resistirse, pero sabía que Yunho era la única esperanza de
Sinjun.
Una
vez fuera, respiró hondo. Era una noche fría y comenzaron a castañetearle los
dientes.
—Lo
siento, Jaejoong. No pensé que llegaría tan lejos —susurró Brady,
abrazándolo.
Dentro
se oyó la desdeñosa voz de Yunho sólo un poco amortiguada por la lona de la
carpa.
—Eres
una mujer de negocios, Sully. Si me vendes a Sinjun te compensaré
generosamente. Todo lo que tienes que hacer es poner el precio.
Fue
como si Brady y Jaejoong hubieran echado raíces en ese lugar; sabían que debían
irse, pero eran incapaces de hacerlo. Luego Brady cogió a Jaejoong de la mano y
lo hizo atravesar las sombras hasta la puerta trasera, donde no podían ser
vistos pero tenían una vista parcial de la pista central.
Jaejoong
vio cómo Sully acariciaba el brazo de Yunho.
—No
es tu dinero lo que quiero. Ya deberías saberlo. Lo que quiero es doblegar tu
orgullo.
Yunho
se apartó, como si no pudiera soportar su contacto.
—¿Qué
coño quieres decir?
—Si
quieres al tigre, tendrás que suplicar por él.
—Vete
al infierno.
—El
gran Jung Yunho tendrá que ponerse de rodillas y rogar.
—Antes
prefiero morir.
—¿No
lo harás?
—Ni
en un millón de años. —Yunho apoyó las manos en las caderas. —Puedes hacer lo
que te dé la gana con ese puto tigre, pero no me pondré de rodillas delante de
ti ni de nadie.
—Me
sorprendes. Estaba segura de que lo harías por ese pequeño bobo. Debería haber
imaginado que no lo amas de verdad. —Por un momento Sully levantó la mirada a
las sombras de la cubierta, luego volvió a mirarlo. —Lo sospechaba. Debería
haberme fiado de mi instinto. ¿Cómo podrías amarlo? Eres demasiado despiadado
para amar a nadie.
—Tú
no sabes lo que siento por Jaejoong.
—Sé
que no lo amas lo suficiente como para ponerte de rodillas y suplicar por él.
—Lo miró con aire satisfecho. —Así que yo gano. Gano de todas maneras.
—Estás
loca.
—Haces
bien en negarte. Una vez me arrodillé por amor y no se lo recomiendo a nadie.
—Jesús,
Sully. No hagas esto.
—Tengo
que hacerlo —la voz de la dueña del circo había perdido todo rastro de burla.— Nadie
humilla a Sully Quest sin pagarlo. Lo mires como lo mires, serás tú quien
pierda hoy. ¿Estás seguro de que no quieres reconsiderarlo?
—Estoy
seguro.
Jaejoong
supo en ese momento que había perdido a Sinjun. Yunho no era como otros
hombres. Se sostenía a base de acero, valor y orgullo. Si se rebajase, el
hombre que era se destruiría. Inclinó la cabeza e intentó darse la vuelta para
marcharse, pero Brady le bloqueaba el paso.
—Sabes
la ironía de todo esto, Jaejoong lo haría —dijo Yunho con voz tensa y dura. —Ni
siquiera se lo pensaría dos veces. —Soltó una carcajada que no contenía ni
pizca de humor. —Se pondría de rodillas en menos de un segundo porque tiene un
corazón tan grande que es capaz de responder por todos. No le importan ni el
honor ni el orgullo ni nada por el estilo si el bienestar de las criaturas que
ama están en peligro.
—¿Y
qué? —se burló Sully. —No veo aquí a Jaejoong. Sólo te veo a ti. ¿Qué será, Yunho,
tu orgullo o el tigre? ¿Vas a renunciar a todo por amor o te aferrarás a ese
orgullo que tanto te importa?
Hubo
un largo silencio. Cuando las lágrimas comenzaron a deslizarse por la cara de Jaejoong,
éste supo que tenía que escapar. Pasó junto a Brady, pero se detuvo cuando oyó
el fiero comentario de éste.
—Qué
hijo de puta.
Se
giró con rapidez y vio que Yunho seguía de pie frente a Sully, en silencio, con
la cabeza alta, pero sus rodillas comenzaban a doblarse. Esas poderosas
rodillas Choi. Esas orgullosas rodillas Jung. Poco a poco, su marido se dejó
caer en el serrín, pero Jaejoong supo que jamás había parecido más arrogante,
ni más inquebrantable.
—Suplícamelo
—susurró Sully.
—¡No!
—la palabra surgió de lo más profundo del pecho de Jaejoong. ¡No dejaría que
Sully le hiciera eso, ni siquiera por Sinjun! ¿De qué serviría salvar a un
magnífico tigre si con ello destruía a otro? Atravesó la puerta a toda
velocidad y entró en la pista, haciendo volar el serrín mientras corría hacia Yunho.
Cuando llegó hasta su marido lo cogió del brazo y tiró de él para que se
pusiera en pie.
—¡Levántate,
Yunho! ¡No lo hagas! No se lo permitas.
Él
no apartaba la mirada de Sully Quest. Sus ojos parecían llamas ardientes.
—Tú
me lo dijiste una vez, Jaejoong. Nadie puede humillarme. Sólo yo puedo
rebajarme.
Yunho
levantó la cabeza, con la boca fruncida en un gesto de desprecio. Aunque estaba
de rodillas, jamás había parecido tan regio. Era el zar en persona. El rey de
la pista central.
—Te
lo ruego, Sully —dijo con firmeza. —No permitas que le ocurra nada a ese tigre.
Jaejoong
se aferró al brazo de Yunho y se dejó caer de rodillas a su lado.
Brady
soltó una exclamación.
Y
Sully Quest curvó los labios en una media sonrisa. La expresión que tenía en la
cara era una irritante combinación de admiración y satisfacción.
—Qué
hijo de perra eres. Al final será verdad que lo amas después de todo.
Miró
a Jaejoong, arrodillado al lado de Yunho.
—Por
si aún no te has dado cuenta, Yunho te ama. Tu tigre estará de vuelta mañana
por la mañana. Ya me lo agradecerás en otro momento. Ahora, ¿tengo que seguir
haciendo yo el trabajo sucio o piensas que puedes encargarte tú solo de esto
sin volver a joderlo todo?
Jaejoong
clavó la mirada en ella, tragó saliva, y asintió con la cabeza.
—Bien,
porque ya estoy harta de que todos estén preocupados por ti.
Brady
comenzó a maldecir por lo bajo.
Yunho
entrecerró los ojos.
Y
Sully Quest, la orgullosa reina de la pista central, pasó majestuosamente junto
a ellos con la cabeza en alto y su brillante pelo rojizo ondeando como un
estandarte del circo.
Brady
la alcanzó antes de que llegara a la puerta trasera, pero antes de que él
pudiera decir algo, ella se volvió y le clavó el dedo índice en el pecho con tanta
fuerza como pudo.
—¡Y
que nunca vuelva a oírte decir que no soy buena persona!
Lentamente,
una pícara sonrisa reemplazó la mirada atontada en la cara de Brady. Sin decir
palabra, se inclinó y se la cargó al hombro.
Arrodillados
todavía en el serrín de la pista, Jaejoong sacudió la cabeza con desconcierto y
miró a Yunho.
—Sully
lo tenía planeado todo. Sabía que Brady y yo no podríamos resistirnos a
escuchar a escondidas. De alguna manera sabía cómo me sentía y ha preparado
toda esta charada para que vea que es verdad que me amas.
Los
ojos que cayeron sobre él eran tan duros y fríos como el ámbar, y además
estaban furiosos.
—Ni
una palabra. —Jaejoong abrió la boca. —¡Ni una palabra!
El
orgullo de Yunho había quedado maltrecho y no se lo estaba tomando demasiado
bien. Jaejoong supo que tenía que actuar con rapidez. Después de haber llegado
hasta ahí, no iba a perderlo ahora.
Le
empujó en el pecho con todas sus fuerzas y, pillado por sorpresa, Yunho cayó en
el serrín. Antes de que pudiera incorporarse, Jaejoong se sentó a horcajadas
sobre él.
—No
seas tonto, Yunho. Te entiendo. —Le metió los dedos entre los cabellos. —Te lo
ruego. Hemos llegado demasiado lejos para que hagas el tonto ahora; ya lo he
hecho yo por los dos. Aunque en parte fue por tu culpa, que lo sepas. Me has
repetido tantas veces que no sabías amar que, cuando realmente lo hiciste,
pensé que sólo te sentías culpable. Debería haberlo sabido. Debería...
—Deja
que me levante, Jaejoong. — Él sabía que podía quitárselo de encima con
facilidad, pero también sabía que no lo hacía por el bebé. Y porque lo amaba.
Se
inclinó hacia él. Le rodeó el cuello con los brazos y apretó la mejilla contra
la suya. Extendió las piernas sobre las de él y apoyó los dedos de los pies
encima de sus tobillos.
—Creo
que no. Ahora estás un poco furioso, pero se te pasará en un par de minutos, en
cuanto lo reconsideres todo. Hasta entonces, no pienso dejarte hacer nada que
puedas lamentar más tarde.
Jaejoong
creyó sentir que él se relajaba, pero no se movió, porque Yunho era un tramposo
redomado y esa podía ser una de sus tácticas para pillarlo con la guardia baja.
—Levántate
ya, Jaejoong.
—No.
—Acabarás
lamentándolo.
—Tú
no me harías daño.
—¿Quién
ha dicho nada sobre hacer daño?
—Estás
furioso.
—Soy
muy feliz.
—Estás
muy furioso por lo que Sully te ha obligado a hacer.
—Ella
no me obligó a hacer nada.
—Te
aseguro que sí. —Jaejoong alzó la cabeza para dirigir una amplia sonrisa a
aquella cara ceñuda.
—Lo
ha hecho muy bien. De veras. Si tenemos una niña podemos llamarla como ella.
—Sobre
mi cadáver.
Jaejoong
inclinó de nuevo la cabeza y esperó, acostado sobre él como si fuera el mejor
colchón anatómico del mundo.
Yunho
le rozó la oreja con los labios.
—Quiero
casarme antes de que nazca el bebé —susurró Jaejoong acurrucándose más contra
él. Sintió la mano de Yunho en su pelo.
—Ya
estamos casados.
—Quiero
hacerlo de nuevo.
—Dejémoslo
sólo en hacerlo.
—¿Te
vas a poner vulgar?
—¿Te
levantarás si lo hago?
—¿Me
amas?
—Te
amo.
—No
suena como si me amases. Suena como si estuvieras rechinando los dientes.
—Estoy
rechinando los dientes, pero eso no quiere decir que no te quiera con todo mi
corazón.
—¿De
veras? —Jaejoong alzó de nuevo la cabeza y le brindó una sonrisa radiante.
—Entonces, ¿por qué tienes tantas ganas de que me levante?
Yunho
esbozó una sonrisa pícara.
—Para
poder probarte mi amor.
—Empiezas
a ponerme nervioso.
—¿Temes
no ser lo bastante hombre para mí?
—Oh,
no. Definitivamente eso no me pone nervioso. —Jaejoong inclinó la cabeza y le
mordisqueó el labio inferior. En menos de un segundo, él lo convirtió en un
beso profundo y sensual. A Jaejoong se le saltaron las lágrimas porque todo era
maravilloso.
Yunho
comenzó a besarle las lágrimas y él le acarició la mejilla.
—Me
amas de verdad, ¿no?
—Te
amo de verdad —dijo él con voz ronca. —Y esta vez quiero que me creas. Te lo
ruego, cariño.
Jaejoong
sonrió a través de las lágrimas.
—Te
creo. Vámonos a casa.
*
Jaejoong
y Yunho se casaron por segunda vez diez días después en un campo al norte de
Busan. La ceremonia tuvo lugar al amanecer porque el novio insistió en contar
con la presencia de un invitado que los demás hubieran preferido que olvidara.
Sinjun
descansaba a los pies de Jaejoong, y ambos estaban unidos por una larga correa
plateada. Un extremo rodeaba el cuello del tigre y el otro envolvía la muñeca
del joven. Como resultado de la presencia del felino, el número de personas que
asistían a la ceremonia nupcial a las seis de esa mañana de octubre era
bastante reducido. Y parecían bastante nerviosas.
—No
sé por qué no pudo dejarlo en la jaula —le susurró Sully a su marido, el hombre
con quien se había casado unos días antes en una ceremonia celebrada en la
pista central que finalizó con una actuación en el trapecio de los hermanos
Tolea.
—A
mí me vas a hablar de personas tercas —repuso él. —Estoy casado con una.
Ella
le dirigió una mirada de complicidad.
—Tienes
suerte.
—Sí—asintió
Brady, —tengo suerte.
Al
lado de ellos, Krystal acarició la trompa de Tater mientras miraba a Jaejoong
con aire crítico. Si ésa fuera su boda, decidió, llevaría puesto algo más
bonito que unos viejos vaqueros, sobre todo —y Krystal lo sabía de buena tinta—
cuando no podía abrocharlos en la cintura. De hecho, se había puesto una de las
enormes camisas azules de Yunho para ocultarlo.
De
todas formas, Jaejoong estaba muy guapo. Tenía las mejillas sonrosadas y los
ojos brillantes. Yunho le había regalado por sorpresa, un anillo de diamantes
tan grande que era una suerte para todos que aún no hubiera salido el sol o se
habrían quedado ciegos.
Ese
verano había habido tantos cambios en la vida de Krystal que todavía le costaba
asimilarlos. Sully no iba a vender el circo de los Hermanos Quest y a Krystal
le parecía genial que su padre y ella estuvieran intentando tener un bebé.
Sully era una madrastra la mar de guay. Le había dicho a Krystal que podía
empezar a salir con chicos ese año, aunque su padre había añadido que lo haría
sobre su cadáver, y se había convertido en una persona casi tan cariñosa como Jaejoong.
Jaejoong
le había comentado a Krystal que se matricularía en la universidad donde daba
clases Yunho tan pronto como naciera el bebé para poder trabajar después en una
guardería, y que los dos se irían a China en diciembre para adquirir piezas
para ese museo tan grande del que Yunho era asesor.
A
pesar de todo, harían la gira del verano siguiente con el circo de los Hermanos
Quest, y Jaejoong incluso le había dicho que volvería a actuar con Yunho en la
pista central. Le había confesado que ya no le daban miedo los látigos porque
ya había experimentado lo peor que podía pasarle.
Yunho
comenzó a formular sus votos con una voz ronca y profunda y, cuando bajó la
mirada hacia Jaejoong, su expresión era tierna como si tuviese ante sus ojos lo
que más amaba en el mundo. Jaejoong, naturalmente, rompió a llorar y Jia tuvo
que ofrecerle un pañuelo de papel. El joven respiró hondo y se dispuso a decir
sus votos.
—Yo,
Kim Jung Jaejoong, te tomo a ti... —Hizo una pausa.
Yunho
lo miró y arqueó una ceja.
—No
me digas que has vuelto a olvidarte de mi nombre. —Parecía exasperado, pero Krystal hubiera jurado que quería reírse.
—Claro
que no. Es que no conozco tu segundo nombre y acabo de darme cuenta ahora.
—Ah...
—Yunho se inclinó y se lo susurró al oído.
—Perfecto.
—Jaejoong sonrió entre lágrimas y volvió a mirarlo a los ojos. —Yo, Kim Jung Jaejoong,
te tomo a ti, Choi Jung Yunho...
Mientras
Jaejoong seguía hablando, Yunho le apretó la mano y Krystal hubiera jurado por
Dios que él también tenía lágrimas en los ojos.
Sinjun
se levantó y se estiró hasta alcanzar toda su longitud. Sully se puso nerviosa
y se arrimó al brazo de Brady buscando protección. A Krystal no es que le
volviera loca el tigre, pero no era tan miedica como Sully.
Su
madrastra había dado una gran sorpresa a la pareja cuando les entregó a Sinjun
como regalo de boda. Yunho ya había mandado construir un lugar para el tigre
detrás de su casa en Busan. Seguro que molaba ser tan rico. Aunque nadie lo
hubiera mencionado, Krystal pensaba que Tater pasaría también el invierno en el
granero que Yunho tenía en Busan en lugar de quedarse con el resto de los
elefantes en el circo.
—Yo
los declaro esposos.
Jaejoong
y Yunho se miraron el uno al otro y, por un instante, dio la impresión de que
se habían olvidado del resto del mundo. Por fin, Yunho recordó que era el
momento del beso y se inclinó para besar a su esposo. Krystal no pudo asegurar
que fuera un beso francés, pero no le hubiera extrañado nada. Mientras se
besaban, Tater los espolvoreó con briznas de heno como si éstas fueran arroz.
Todos
se echaron a reír menos Sully, que seguía pendiente de Sinjun.
Jaejoong
soltó la correa del tigre. Luego lanzó un gritito de alegría y rodeó el cuello
de Yunho con los brazos. Él lo alzó y lo hizo girar, aunque lo hizo con mucho
cuidado para no lastimar al bebé.
Cuando
se detuvo, lo besó de nuevo.
—He
conseguido al mejor hombre de todos.
Jaejoong
adoptó esa mirada tan descarada que incluso Krystal pensaba que era precioso.
—Y
yo tengo al mejor de los hombres Jung.
Todo
aquello le parecía tan ridículo que Krystal comenzó a sentir vergüenza ajena,
pero no se cortó un pelo a la hora de vitorear, porque le gustaban los finales
felices.
Luego
se dio cuenta de que aquello no era un final en absoluto. Al mirar a su
alrededor, a todas esas personas que amaba, supo que sólo era el comienzo de una
nueva vida.
Fin.